¿Por qué algunas emociones parecen repetirse una y otra vez?
No fallaba: cuando alguien hacía una observación sobre su trabajo, Dani sentía inmediatamente un malestar, que a veces incluso no le dejaba terminar de escuchar.
El malestar a veces aparecía como un nudo en el estómago. Otras, como un calor que le subía a la cabeza mientras apretaba los dientes sin darse cuenta. Entonces venía la explosión, de furia o de llanto.
La observación podía ser pequeña: "Creo que esta parte podría mejorar un poco si…"
Sin embargo, la reacción parecía responder a “no sirve nada de lo que hiciste”… o “no sirves de nada”. Al terminar la reunión, Dani reconocía la sensación. No era la primera vez. Cambiaban las personas, cambiaban los lugares, pero la escena parecía repetirse una y otra vez.
¿Te ha ocurrido algo parecido a Dani?
¿Te has preguntado alguna vez por qué algunas emociones parecen repetirse una y otra vez? ¿O si no podrían sencillamente desaparecer esas emociones que desgastan tanto? ¿Sería mejor?
Muchas personas aspiran a vivir únicamente sintiéndose bien, con emociones agradables, pero eso no es posible, ni deseable…
La vida y las emociones son como una obra de teatro.
Imagínalo así: cada personaje entra al escenario cuando llega su momento.
Dice aquello que vino a decir, y después sale para que continúe la historia. Las emociones funcionan de una manera parecida.
El miedo entra cuando necesitamos protegernos.
La tristeza cuando necesitamos reconocer y adaptarnos a una pérdida.
El enojo cuando percibimos una injusticia.
La alegría cuando algo valioso ocurre.
El problema no aparece porque entren las emociones.
Las dificultades aparecen cuando alguno de esos personajes decide quedarse en escena toda la obra.
Las emociones no son enemigas que debamos expulsar de nuestra vida. El problema no es que entren en escena, sino cuando una de ellas permanece demasiado tiempo y ya no permite que la historia continúe.
Son personajes que conviene escuchar... y saber despedir, cuando llega el momento.
¿Quién vuelve a llamar al miedo?, ¿quién hace entrar nuevamente al enojo exacerbado?
Muchas veces no es la situación presente.
Son las historias que hemos construido sobre nosotros, los demás y el mundo.
Esas historias funcionan como el «pie» que indica a un actor cuándo volver a entrar al escenario.
Hay algo que no debemos olvidar: nunca aparecen al azar.
Son una forma en la que nuestro organismo reacciona, a partir de interpretar lo que está ocurriendo, así nos avisa y nos prepara para responder. En ese sentido, ¡son extraordinariamente útiles!
Por ejemplo: el miedo favorece la protección; la tristeza ayuda a reconocer una pérdida; la alegría fortalece los vínculos; el enojo señala que algo importante necesita ser defendido.
Lo interesante es que muchas veces no reaccionamos únicamente a lo que ocurre aquí y ahora. Las experiencias que vivimos van dejando huellas. Aprendemos señales, significados y formas de interpretar el mundo. Y, en ocasiones, una situación actual basta para reactivar una respuesta emocional que se parece mucho a la que tuvimos cuando una experiencia anterior nos sobrepasó.
Cada persona va construyendo, poco a poco, una especie de guion interno sobre cómo funciona el mundo. En ese guión pueden aparecer ideas como:
"Debo hacerlo todo perfecto"
"Si decepciono a alguien, dejarán de quererme o elegirme"
"Mostrar tristeza es una señal de debilidad"
"Necesito resolver todo antes de merecer descansar, estar tranquilo"
Cuando nos decimos estas frases, muchas veces esas ideas y significados no las elegimos conscientemente. Esas voces vienen de conversaciones y situaciones previas que aprendimos en la familia, en la escuela, observando a otras personas, a través de la cultura, o simplemente intentando explicarnos para adaptarnos a experiencias difíciles.
Con el tiempo estas ideas con sus significados dejan de sentirse como interpretaciones, y comienzan a ocupar el lugar de verdades absolutas incuestionables. Por ello, cuando una situación activa alguna de esas historias que nos hemos contado, la emoción aparece automáticamente, y muchas veces en una intensidad inexplicable a primera vista.
No es que la emoción esté equivocada, muchas veces lo que ya no corresponde es su intensidad. Puede aparecer con un volumen tan alto que nos impide escuchar otras cosas importantes porque se desborda, o en intensidad tan baja que deja de cumplir su rol en escena.
Cuando una emoción aparece siempre es una respuesta al significado que nuestra mente ha construido de una situación en particular. Por eso dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y sentir cosas completamente distintas.
Una observación en el trabajo puede ser para una persona, una oportunidad para aprender, y por ello se siente agradecida; para otra, una señal de rechazo, que le provoca tristeza; para una tercera, una amenaza a su propio valor, que le lleva a sentir vergüenza al ser “descubierta” como impostora.
La situación es la misma, lo que cambia es la historia desde la que cada persona la interpreta. Esto no significa que las emociones sean inventadas, son profundamente reales, tanto como los significados personales que cada persona le da.
Ese camino de significados puede explorarse. Si bien no elegimos cuál sentimiento o emoción aparece ante una situación determinada (porque son automáticas), sí podemos aprender a reconocerlas, comprenderlas, gestionarlas y decidir cómo responder a ellas, de manera que jueguen a nuestro favor y no permanezcan ocupando el escenario cuando ya terminó su escena.
Ahí comienza a recuperarse la libertad.
Con frecuencia creemos que el objetivo consiste en dejar de sentir determinadas emociones, pero si cambiamos la pregunta "¿Cómo dejo de sentir esto?" por
"¿Qué historia de mí y la vida está sosteniendo esta emoción, para que aparezca una y otra vez?"
Responder esa pregunta requiere curiosidad, más que juicio.
La próxima vez que Dani reciba una observación sobre su trabajo, probablemente vuelva a sentir ese nudo en el estómago porque el miedo siga entrando a escena. Pero lo que hará la diferencia será no confundir esa emoción con una verdad. Podrá escuchar lo que viene a decirle...
y después dejarla salir para que la obra continúe.
Ninguna emoción debería convertirse en la protagonista permanente de nuestra historia.
Pensemos en las emociones repetidas como invitaciones a mirar algo que merece más atención de la que le hemos dado. Sin embargo, las emociones no siempre desaparecerán cuando identifiquemos su origen, porque la realidad a veces pesa y todavía no cambia. Lo que sí puede cambiar es el lugar que esa emoción ocupa en nuestra vida: podemos escuchar qué intenta decirnos y aprender nuevas maneras de responder a historias que todavía esperan ser vistas de otra manera.
Te invito a que la próxima vez que una emoción recurrente en tu vida vuelva a aparecer, te regales un momento para escucharla antes de intentar hacerla desaparecer. Pregúntate
"¿Qué recuerdos de mi historia se está activando en este momento?"
A veces una nueva respuesta comienza con una pregunta distinta.
Para seguir pensando...
¿Qué emoción lleva demasiado tiempo ocupando el escenario de tu vida?...
Si pudieras conversar con ella ¿qué tendría que decir antes de retirarse tras bambalinas?
Si esta lectura resonó contigo...
Si sientes que una emoción lleva demasiado tiempo ocupando el escenario de tu vida, no busques sencillamente expulsarla, sino comprender cuál historia la sigue llamando una y otra vez.
La psicoterapia ofrece un espacio para explorar esas historias, construir nuevas formas de responder a ellas y recuperar la libertad para que ninguna emoción termine dirigiendo la obra completa.