Pensar más siempre es lo mejor... ¿o no?
Pensar más siempre es lo mejor... ¿o no?
Cómo reconocer cuándo el pensamiento dejó de ayudarte a resolver
Allí estaba otra vez esa pregunta sin responder —que, por cierto, se aparecía, aunque no la llamara— . Lo peor es que ésa invitaba a muchas otras: ¿pude haber hecho algo mejor? ¿Qué quiso decir realmente? ¿Qué habría ocurrido si…?
Siguiente escena: el presente. En el afán de entender, si no el antes, al menos el ahora, llega otra avalancha de preguntas: ¿por qué no me buscará? ¿Debo tomar la iniciativa para aclarar las cosas o es mejor dejarlo así? Tal vez ella ni siquiera le dio importancia… ¿o sí? ¿Y si el silencio significa que ya no le interesa seguir la relación? ¿Y si he sido muy rudo? ¿O demasiado tibio?
Y sí... y sí… y sí…
Hay conversaciones que terminan, y otras que debieran hacerlo, pero que continúan en nuestra cabeza.
Otras veces postergamos una decisión aunque hacerlo genere problemas. Y, sin embargo, allí estamos: revisando una y otra vez las posibilidades, imaginando escenarios, buscando más información, cambiando de opinión… y volviendo a empezar el ciclo: pensar–dudar–buscar–repensar–dudar.
Cuando estamos en este bucle, creemos que necesitamos seguir pensando porque aún no hemos encontrado la respuesta correcta, pero
¿y si darle tantas vueltas está saboteando la posibilidad de resolver?
A esto solemos llamarlo sobrepensar. Es una palabra de uso cotidiano. Sobrepensar no es un diagnóstico psicológico ni describe un único proceso mental, más bien es una expresión coloquial que puede referirse a distintas formas de pensamiento repetitivo que pueden aparecer por diferentes motivos:
La preocupación ante posibles problemas o amenazas futuras; o
La rumiación, que frecuentemente nos lleva una y otra vez hacia acontecimientos, emociones o situaciones que ya ocurrieron.
La investigación utiliza el concepto de pensamiento negativo repetitivo para estudiar estos procesos y su presencia en distintos problemas emocionales.
La cuestión, entonces, no es simplemente cuánto pensamos, sino qué está haciendo nuestro pensamiento.
Pensar mucho no siempre es un problema.
Ante un problema, pensar puede ayudarnos a definirlo, analizarlo, generar alternativas, decidir y actuar.
Veámoslo con un ejemplo: si necesito decidir si cambio de trabajo:
Puedo preguntarme qué necesito de un empleo, qué opciones tengo, cuáles son las ventajas y desventajas de cada alternativa, qué información me falta y qué consecuencias tendría elegir cada opción.
Ese proceso puede tomar tiempo e incluso ser incómodo. Pero mientras pensamos, algo debería ir modificándose: obtenemos información, descartamos posibilidades, generamos alternativas y nos acercamos a una decisión.
En un proceso así pensar está cumpliendo una función.
El problema aparece cuando seguir pensando deja de producir algo nuevo que nos acerque a la acción. Podemos reconocer esto cuando:
Volvemos a las mismas preguntas
Revisamos nuevamente la misma conversación
Imaginamos una posibilidad, luego otras más y después sus contrarias
Buscamos una seguridad que siempre parece estar un poco más adelante
Así, aunque pensemos por horas, al final tenemos prácticamente la misma información, confusión y falta de decisión con la que empezamos.
Cuando el pensamiento se convierte en un bucle
Imagina esta situación:
Recibes un mensaje que te preocupa. No sabes exactamente qué quiso decir la otra persona.
Primero piensas:
— ¿Estará molesta conmigo?
Después:
— Tal vez hice algo que le molestó.
Luego recuerdas una conversación anterior, después piensas que quizá aquella conversación también fue una señal. Buscas una explicación. Encuentras una. Después encuentras otra que parece contradecirla… y vuelves a la primera explicación.
Aquí el pensamiento se mueve mucho, pero no necesariamente avanza.
Este tipo de repetición puede producir la sensación paradójica de estar haciendo algo para solucionar el problema cuando, en realidad, estamos permaneciendo dentro de él.
No todo pensamiento repetitivo es igual
Aunque en la vida cotidiana solemos meter todos estos términos en un mismo cajón, psicológicamente hay diferencias que conviene conocer para entender mejor qué está ocurriendo cuando damos vueltas a algo.
La preocupación suele mirar el futuro: ¿y si…?
La rumiación suele regresar al pasado: ¿por qué ocurrió…?, ¿qué hice mal?
La preocupación y la rumiación son diferentes, pero comparten una característica: pueden convertirse en formas de pensamiento repetitivo difíciles de interrumpir.
Puede ayudarnos una pregunta para mirar de otra manera lo que está ocurriendo:
¿qué intenta hacer este pensamiento repetitivo?
Puede intentar…
prevenir una amenaza
comprender algo que dolió
encontrar la decisión perfecta
recuperar una sensación de control
Así suele asomarse la incertidumbre.
Podemos reconocerla cuando no hay más información disponible para analizar: lo que falta es la posibilidad de tener certeza absoluta… porque hay situaciones en las que, sencillamente, no podemos tenerla.
Una distinción útil es reconocer que hay situaciones en las que pensar más efectivamente ayuda a obtener información y otras en las que ninguna cantidad razonable de análisis puede proporcionarnos una certidumbre completa.
No podemos saber exactamente qué piensa otra persona.
No podemos conocer todas las consecuencias de una decisión antes de tomarla.
Tener presente que hay situaciones inciertas que no podemos controlar nos ayuda a entender por qué, en determinados momentos, seguir analizando solo se convierte en un intento de sentir seguridad.
Y esa seguridad puede durar muy poco.
¿Cómo saber si estoy pensando o sólo atrapado en un bucle?
No existe una cantidad de minutos a partir de la cual pensar se convierta en "sobrepensar". Para tener pistas es útil observar qué ocurre mientras pensamos.
Te ayudará preguntarte:
¿Cuál es exactamente el problema?
Al pensar ¿qué información nueva estoy obteniendo?
¿Estoy llegando a alguna decisión o alternativa?
¿Estoy intentando obtener una certeza que no puedo tener?
¿Qué puedo hacer ahora, aunque sea pequeño?
Si ahora no podemos hacer nada, es útil preguntarnos:
¿qué necesito para poder dejarlo temporalmente?
No todo se resuelve pensando
Cuando estamos atrapados en un bucle, la solución no consiste necesariamente en "dejar la mente en blanco". Tampoco necesitamos luchar contra cada pensamiento que aparece: un pensamiento puede aparecer sin que tengamos que seguirlo.
Reconocer “Estoy volviendo a revisar esta situación” y preguntarnos ¿Hay algo nuevo que pueda hacer con esto?, nos permite distinguir si podemos dirigir el pensamiento hacia la acción o si es momento de reconocer que seguir pensando no está acercándonos a una solución, y no darle más vueltas al asunto.
Distinguir si estamos en un proceso de pensamiento útil o inútil no siempre es fácil.
No te agobies si temes que dejar de analizar significa despreocuparte, rendirte o perder el control; solo recuerda que a veces soltar temporalmente un problema es una forma de dejar de alimentarlo, mientras reunimos las condiciones para afrontarlo mejor.
Hay problemas que no podemos resolver pensando más.
Hay problemas que necesitan una solución.
Hay problemas que necesitan tiempo.
Y hay situaciones que necesitamos aprender a afrontar, aunque no podamos resolverlas.
Algo para llevar…
La próxima vez que notes que estás pensando una y otra vez en lo mismo, pregúntate:
¿Estoy pensando para comprender, decidir o actuar?
¿O estoy pensando para conseguir una certeza que quizá no puedo tener?
Pensar para comprender puede abrir posibilidades. Pensar repetidamente para conseguir una certeza imposible suele estancarnos en un mismo lugar.