¿Qué significa realmente establecer límites en nuestras relaciones?
El aroma de café recién hecho que inundaba el espacio acompañaba una conversación que dejó esa mañana un sabor mucho más intenso y amargo que la cafeína.
—No, ya te dije que de plano hoy no puedo.
—¡Pero es sólo un rato! Siempre haces lo mismo. Cuando necesito algo, nunca tienes tiempo.
—Entiéndeme, no es que no quiera ayudarte. Tengo otras cosas que hacer.
—Mejor dime claramente que no te importa.
—¡Eso es injusto! Me siento en el banquillo de los acusados
— Hoy necesito ayuda, pero haces lo que quieres, y solo cuando quieres.
—¿A qué viene eso? Pareciera que debo justificar que no tengo tiempo para que se juzgue mi compromiso.
—Ya, déjalo así. Veré cómo me las arreglo…
La discusión podría continuar así hasta que la cuerda terminara por romperse por lo más delgado. Dar por concluida la conversación igualmente se sentía como sensatez, reproche o sumisión.
Más tarde, en un intento de procesar lo ocurrido, el pensamiento que acompañó el último sorbo de café frío fue “Necesito aprender a poner límites”
Sí, tenía sentido. Pero ¿qué significa realmente poner un límite?
En los últimos años se ha puesto de moda hablar de límites: límites sanos, límites emocionales, límites con la familia, con la pareja, con los compañeros de trabajo, y con ello, casi siempre hay una idea detrás: que los límites solucionarán todos los problemas de nuestras relaciones.
¡Hay que poner límites!
Sí, pero resulta que los límites no son una fórmula mágica, ni siquiera sencilla, y a veces se mezclan con otros conceptos como manipulación, autoestima, libertad, sumisión, falta de carácter, autorregulación, entre otros.
Poner un límite no significa conseguir que otra persona haga lo que nosotros queremos.
Un límite no es una orden
La palabra límite se utiliza de muchas maneras en psicología y en otros campos. La investigación sobre límites interpersonales es amplia, pero también heterogénea: no existe una definición única que permita explicar todas las relaciones con una misma fórmula.
Los límites pueden referirse a aspectos físicos, emocionales, de información, tiempo, espacio o tareas, y su significado depende en buena medida del contexto y de la relación.
En la vida cotidiana, podemos expresar nuestros límites de distintas maneras, según la situación y la persona con quien estemos hablando.
No es lo mismo decir:
“No quiero que me hables así.”
que:
“Si empiezas a insultarme, terminaré la conversación.”
La primera frase expresa una petición: quiero que cambies tu manera de hablarme.
La segunda frase expresa lo que podemos decidir: lo que haremos nosotros. . Esto importa porque podemos pedir algo y la otra persona puede aceptar, negociar o rechazar nuestra petición.
No debemos perder de vista que no podemos controlar la respuesta de la otra persona. Lo que sí podemos decidir: lo que haremos nosotros.
Poner límites también requiere asertividad
En términos generales, la asertividad implica defender o expresar nuestras propias posiciones, necesidades o derechos cuando existen diferencias con otras personas, sin dejar de considerar que ellas también tienen posiciones y necesidades.
La literatura sobre asertividad interpersonal la sitúa en un continuo que va desde evitar o ceder ante las diferencias, hasta defender la propia posición de manera competitiva o agresiva.
Asertividad no significa imponerse. Tampoco significa aprender a decir no a todo.
Una de las ideas más populares sobre los límites es “cuanto más firme, mejores resultados”, pero más firmeza (que incluso a veces se confunde con “dureza” o “inflexibilidad”) no siempre significa mejores relaciones.
En 2017, Ames y colaboradores encontraron que tanto niveles demasiado bajos como demasiado altos de asertividad pueden tener costos interpersonales. La cuestión no es simplemente ser más firme, sino encontrar maneras eficaces de defender nuestra posición en una situación concreta.
Dicho de otra manera: quizá no necesitamos aprender a ser más duros, sino a ser más claros y flexibles ante cada persona y situación.
Volvamos a la discusión de la historia inicial, con sabor amargo.
Si una persona insiste en que su pareja o un amigo la acompañe a un compromiso, pero la otra persona no desea ir, puede decir:
“No quiero ir.”
Pero una alternativa es explicar:
“Hoy necesito descansar y no voy a acompañarte.”
No está obligando a la otra persona a comprenderlo, ni está garantizando que no se moleste. Está expresando qué necesita y qué decisión tomará.
Esta diferencia puede parecer pequeña, pero cambia el centro de la situación: ¿Qué quiero que haga el otro? se convierte en:
¿Qué puedo pedir y qué puedo decidir yo?
Ese cambio no resuelve todos los conflictos, pero permite distinguir entre establecer un límite y tratar de controlar la conducta de otra persona.
Los límites no siempre son rígidos
Otra idea popular es que un límite sano debe ser firme, permanente e innegociable.
Las investigaciones sobre el manejo de límites en las relaciones interpersonales muestran que éstos pueden ser dinámicos y que su utilidad depende del contexto. Se han estudiado en ámbitos personales y laborales las tensiones entre establecer una separación y mantener la conexión, así como entre rigidez y flexibilidad.
Pensémoslo en algo sencillo. No es lo mismo decir:
“Nunca volveré a hablar de este tema contigo.”
que:
“Podemos hablar de esto mañana.”
Ambas frases establecen una distancia, pero no significan lo mismo.
Un límite puede proteger una necesidad
sin convertirse necesariamente en una pared.
Límites con sesgos de género
La asertividad no ocurre en el vacío. Las expectativas sociales pueden hacer que una misma conducta sea valorada de manera diferente según quién la expresa.
Algunas investigaciones han encontrado, por ejemplo, que las mujeres pueden enfrentar una tensión particular entre mostrarse firmes y mantener las expectativas de calidez y amabilidad que socialmente se les atribuyen. Una respuesta directa puede ser valorada como seguridad en un hombre y percibida como hostilidad o falta de amabilidad en una mujer.
Otras investigaciones muestran que, en general, las mujeres parecen preocuparse más que los hombres por el posible efecto negativo que pueda tener en sus relaciones el expresar una posición firme.
Poner límites no siempre tiene el mismo costo interpersonal para todas las personas.
¿Estoy estableciendo un límite o intentando conseguir que la otra persona haga lo que quiero?
Cuando sientes que una relación te está dejando un sabor amargo, analiza “sorbo a sorbo” la situación con esta secuencia de preguntas:
1. ¿Qué comportamiento o situación me está generando malestar?
2. ¿Qué necesito o qué quiero proteger?
3. ¿Qué puedo pedir y qué depende de mí?
4. Si la situación continúa, ¿qué estoy dispuesto a hacer?
Las respuestas no siempre serán sencillas.
Las relaciones tienen historia, afectos, diferencias de poder y circunstancias particulares. Por eso no existe una frase universal que sirva para establecer cualquier límite.
"Poner límites no garantiza que el otro cambie”
Esta quizá sea la parte que menos deseamos escuchar del mensaje popular sobre los límites.
Podemos expresarnos con claridad y la otra persona puede no estar de acuerdo.
Puede molestarse.
Puede negociar.
Puede ignorar nuestra petición.
Incluso, en algunas relaciones, puede que necesitemos tomar decisiones importantes sobre la distancia que queremos mantener, o sobre nuestra permanencia en esa relación.
Poner un límite no controla la respuesta de la otra persona, pero sí puede ayudarnos a reconocer qué estamos dispuestos a aceptar, qué necesitamos proteger y qué podemos hacer ante una situación que no cambia.
Como vimos, poner límites va mucho más allá de “decir no”, y tampoco se trata de trazar líneas para que nuestras relaciones funcionen como queremos.
Se trata de aprender a participar en las relaciones con mayor claridad sobre lo que necesitamos, lo que podemos pedir y lo que realmente está bajo nuestro control.
Referencia para profundizar:
Ames D , Lee A , Wazlawek A. Asertividad interpersonal: Dentro del acto de equilibrio . Soc Personal Psychol Compass . 2017 : 11 :e12317. https://doi.org/10.1111/spc3.12317